Ahorita

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Un día me dijeron que debía evitar la procrastinación. Al menos, usarla menos. Yo siempre he sido de tránsito intestinal suizo así que no estaba de acuerdo. Claro que pronto me advirtieron de que procrastinar poco tenía que ver con aquello del hábito de descomer aunque procrastine más o menos con la misma regularidad. Cada día, a poder ser. De quien me lo dijo tengo ligeras sospechas de irregularidad. Sí que es verdad que ahora ―opositor a bilbaíno―, ha encontrado la puerta de la disciplina. Imagino que procrastinará menos y descomerá más. También está probando las maravillas del otro verbo de la primera conjugación. Aunque de eso no me deja hablar aquí. Tampoco en otro sitio. Porque procrastinar ―tercera vez que el corrector me lo marca en rojo― implica no moverte. Quedarte en el sitio. Siempre vivo, claro. Lo otro es expirar. Aunque no sé dónde queda la línea que separa la muerte de la procrastinación. Hagámosle caso a Alfred Adler y confiemos en el movimiento. Decía que la vida ocurre en el plano de los acontecimientos y no en el de las palabras. Perro ladrador, poco mordedor. Una advertencia a tiempo para que los “voy a” no terminen convirtiéndose en “tenía que haber”. Procrastinar, al fin y al cabo, es dejar para mañana lo que fácilmente se puede desempeñar en el ahora. Que no es lo mismo que en una hora. Una vez conviví con un mexicano y siempre me terminaba engañando. El “ahorita voy” suponían 60 minutos suizos. Ahora, lo suelo hacer cada vez que me mandan algo. Ahora voy, repito. Pues lo mismo con mis columnas. Que insisto en ir al grano, pero en cada punto me repito el ahora. Y ahora. Tampoco. Como el gol que se le resiste a Messi o el mal de ojo del Mobile World Congress. Ahora tampoco. Ahorita siempre es una hora. Por lo menos. 60 minutos desaprovechados. Un día me dijeron que debía evitar la procrastinación. Y va a ser ahora: el tiempo es lo más valioso que tenemos. Yo ya no desaprovecho ni un suspiro. Son los que más me hacen respirar. Tampoco una sonrisa, una victoria o un beso. También las lágrimas de tristeza y la rabia insostenida. El arte de procrastinar es un arte inerte. Háganlo. Evitar la procrastinación. Ahora vuelvo, hora de descomer.