Un clásico

Poco me resulta menos inteligente que arrinconarse en un esférico. Como un puñado de catalanes ―y otros tantos británicos―. Que por tenerlos en la cúspide, la construyeron de cristal. No sé si se trata de un dinamitador en el ADN o una involución de la especie. Dicen que Cataluña siempre ha sido anárquica. El caso es que me tenían engañado. Rascacielos que asaltan cielos imaginados a través de gafas de pasta. Por la misma que comenzó todo. Por la que faltaba y por la que se robaba. Y entretanto la distracción. Banderas, himnos y consignas. Presos políticos y prensa española manipuladora. Los unos por los otros y a arrinconarse en la individualidad en un mundo globalizado. La consolidación del imaginario del independentismo supone la continuación del éxito de la propaganda novecentista. Que por creencia, mantienen vivir más y mejor. Poco ha devuelto a la memoria la Unamunidad “vencer no es convencer” cuando por unanimidad se rechaza la convivencia y el vencer sigue siendo superior a cualquier otra cosa. Ni hablar del co-vencer. O del educar. Que como misma vía que la propaganda, el lenguaje crea pensamiento. No castigues y educa. Educa y no odiarán. La contrapropaganda. Pero la España de las dos siempre ha querido ser la clásica moneda. Como su doble rasero. Como el penalti para el Barça y la expulsión para el que vaya de blanco. El clásico robo al Madrid. O mejor aún: la libertad de culto o la apología al Franquismo. El fascismo de Vox, el colonialismo americano, la privatización de Ecuador o el exterminio del Amazonas. Y es que a las cosas hay que llamarlas por su nombre. Querido periodista in situ en el autoproclamado tsunami democrático: un trolley es una maleta. Casi 600 millones de personas en el mundo son hispanohablantes. Parece que el inglés gusta más que el castellano. Como la forma de educar a los malagueños. Que para que no se cuelguen del aro les advierten con un “Do not hang on the ring”. Luego, puta Cataluña. El doble rasero. Un clásico.