¡Humo, humo!

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A mi abuela no se le cae el pelo. A una década para su centena, luce una buena melena. Cabellera d.C; greñas a.C. Después y antes del Café. Con los años, también le han florecido otros hemisferios. Sobre todo, en el paralelo sur. Yo nunca he tenido permiso para asomarme a su ecuador. Siempre que he obtenido alguna recompensa, ha sido ella la primera en llevarse su mano al lugar preciado. De su uso exclusivo desde que muriera mi abuelo hace algo más de un año. Yo acepto. Por si acaso. Nunca se sabe cuándo puede volver la sequía. Y es que mi abuela no siempre lo ha tenido frondoso. Hubo un tiempo en que tenía el bolsillo pelado. Ni una peseta. Que por no tener no tenía ni para pintura ni para comer. Y por pintura, arena blanca, y para seis una naranja. A bocados, la naranja; al humero, la arena blanca. Porque uno de los mandamientos de buena ama de casa era mantener el humero curioso. Que por curioso, que la tilde convierta una chimenea en un hueso. El caso es que si lo tenías limpio, podrías controlar el fuego. Y es que dice mi abuela que por lo visto el humero también criaba. Siendo la del hollín la única especie que ha trascendido. Trapo, cuerda y arribabajo. Que si no, llamarada y calderos de agua al canto. Abocados al desastre. Aparentemente, desde su relato, mi abuela era precavida. Sólo se vio abocada a extinguir las llamas en una ocasión. Ahora, tras más de seis meses de gobierno en funciones, estaremos abocados a unas nuevas elecciones. Al menos, nos quedará la literatura. Que la campaña electoral comience la noche de Halloween es una oda al símil. Trato no sé; truco, seguro. Los nuevos humeros venden humo. No nos están comiendo a bocados, lo hacen por sopas. Y qué razón mi abuela… A ver cómo mantenemos el humero limpio.