No me lo trago

Mi tatarabuela era tetona. Mi bisabuela, una visionaria. Mi abuelo era el medallas y mi abuela, una señorita. El que no tragaba era mi bisabuelo, que por no haberse tragado la leche de la tetona, veía con ojos de marxistas a toda aquella que vistiese recatada. Tan recatada como mi abuela, que hasta tragada por la cama tenía siempre ojos, pómulos, labios y uñas maquilladas. Como las de la señorita Loring, a las que la tetona tuvo que amamantar. Y lo de tener una madre nodriza se le atragantó a mi bisabuelo. Para tragar, su hijo; que lo del medallas más que por cualquier premio era por el honor de mancharse con periodicidad. La misma con la que mi abuela tenía que lavarle un nuevo pantalón. Que como no tenía muchos, un día decidió no plancharle ninguno. El objetivo era que no saliera de la cama, pero encontró la solución en los pantalones de su padre. La señorita Loring me la ha vuelto a jugar, debió pensar. Claro que él no le podía pedir un planchado a la visionaria, que, por visionaria, se acostaron sin casarse. Algo que mi abuela materna sigue sin tragar. Y fruto de ello ―del acostamiento, no sé si mi bisabuela tragaba― nació mi abuelo Paco, cuya hermana Elosía no llevaba los mismos apellidos. La visionaria no tragó que por no haberse casado, Paco llevase sólo los apellidos del padre. Así que el hijo para el padre, la hija para la madre y Dios en la de todos. Cosas de todos los pueblos. De los que yo echo de menos la vajilla verde y marrón, las sillas al fresco y las tostadas con chicharrones. Que por muy tarde que fuera, la dicha siempre era buena. Porque en el pueblo siempre son horas. Hasta 120 consecutivas estuvo un día mi bisabuelo en una timba de póker. Siempre porfiar, nunca apostar, decía. Una consigna más de pobre que de estratega. Porque en mi familia la tesorería ha llevado nombre femenino. Menos cuando mandaron a mi abuelo adolescente a vender a Málaga. Vendió, compró y porfió. Así que mi bisabuela tuvo que ir a subsanar la deuda que contrajo con aquel traje. Con el mismo que trabajaba y tragaba. Ni oficio ni beneficio. Hecho un Cristo. De los que no hay en Gaucín. Allí veneran al Santo Niño, quien en un acto de gran empatía aconsejó a San Juan ir a vender libros a Granada, que allí estaba la Universidad y su muerte. La que mis abuelos han encontrado siempre en invierno. Será que es una mala época para los pueblos. Cuando Enrique el de la orquesta se despide hasta el año que viene. Si lo consigue. Lluvia, frío, oscuridad y fuga de cerebros. Que alguien nos los tenga bien regados, que hasta el Kiosko de Franco ha cerrado. Y es que yo al que no trago es al invierno.

Sentados: mis bisabuelos Teodoro y Juana. En brazos de Teodoro: mi abuelo Paco Ruiz Botello; en brazos de Juana: su hermana Eloísa Ruiz Mérida. (Fotografía de finales de la década de los 20 del siglo pasado en la puerta del comercio familiar ‘Horno Teodoro’).