Para cuando dos más dos sean seis

Esta columna fue publicada a partir del 30 de noviembre de 2017 en la sección ‘Pan y vino’ de la revista digital El Reverso, en la que el periodista Samuel Ruiz escribió durante un año.

“Esto es oro blanco”, afirmaba mientras sonreía a cámara. Debía ser la única persona feliz en aquel pueblo cántabro de cuyo nombre no puedo acordarme. Porque la nieve en el norte es un fastidio. Cortes de luz, pueblos incomunicados, niños sin clase y ancianos que no pueden salir de casa. ¡Y qué decir de las caídas! Un paso mal dado puede ofrecerte más de una papeleta para pasar frío el resto de tu vida. Una rifa a la que todos apostamos sin nuestro consentimiento. Pero en el sur es todo diferente. No es que lo convirtamos todo en fiesta, pero la nieve aquí abajo suele ser un placer. La escasez –casi ausencia– del oro blanco nutre el deseo de los sureños. Para una vez que lo vemos, ni vamos a clase ni nos quedamos en casa. Todos son risas menos para mi padre, que dice que no le gusta
repartir pan mientras nieva. Cuestión de perspectiva.

Cuando cerró Interviú, se me ocurrió hacer una encuesta para conocer la opinión de la gente sobre la labor de la revista. La pregunta era sencilla: “Interviú, ¿machismo o liberalización femenina?” Para mi sorpresa, el resultado fue de lo más heterogéneo. No pude encontrar un patrón en aquellas respuestas. Un momento frustrante debido a mi personalidad: no me gusta dejar ningún cabo suelto. No era cuestión de género ni de edad.
Era cuestión de perspectiva. Las propias vivencias, relaciones, círculos sociales o zonas geográficas contribuían a moldear sus opiniones. El contexto. De lo que sí estaba seguro es que no hay un pensamiento único, ni mucho menos verdadero. Sócrates tenía razón. Por cierto, la encuesta casi quedó empate.

De la inexistencia del pensamiento único nace el pensamiento personal.
Ese nutrido de las vivencias propias de cada individuo. ¿De qué conoce la
macroeconomía a mi vecina del quinto? Parece que la adopción de medidas inductivas es la mejor opción. Por eso, antes de prejuzgar con superioridad moral o cualquier otra mirada por encima del hombro, mejor pensar en el contexto que conduce a la toma de decisiones. Es aquí donde la ignorancia
cumple otro papel importante. No es lo mismo quedarte pasmado viendo el
CSI mientras haces los deberes de lengua para primero de la ESO, que
estudiar cuarto de criminología y tener que recordarle a tu madre los fallos
de la propia serie. El contexto personal también depende de la cantidad de
información procesada en nuestro cerebro. Pocos creyeron a Galileo en su
pecado científico. La tierra no era plana. ¿Cuántas mentiras quedarán por
descubrir?

Que en el sur se alegren de la nieve y en el norte provoque el caos no es
fruto de una puerta tridimensional en Despeñaperros, sino de las múltiples
posibilidades del conocimiento. Adoptar una actitud empática con nuestro
rival o con nuestra vecina del quinto más allá de la convicción de sus
argumentos puede hacer que entendamos su inentendible posición. A
menudo las variables hacen formar nuestras opiniones hacia una sola
dirección. Gran parte de la culpa la tienen los medios de comunicación,
incapaces de mostrar el mayor número de posibilidades de un hecho para
conformar una perspectiva gran angular. Aunque, como ya decía
Lazarsfeld, cuando las actitudes de las personas están en desacuerdo con
sus medios es más probable que cambien sus medios antes que sus
actitudes. ¿Estaremos preparados cuando dos más dos sean seis?