Juan Carlos, Juan Carlos Rubio Uría, Periodismo, UMA

Adiós, amigo

Cuando cogí el móvil fue por miedo. No quería que el profesor comenzase a hablarme antes de mi primera clase de carrera. Yo llegué temprano, como de costumbre. Él, con antelación. Como de costumbre, se aclaró la garganta varias veces y como de costumbre mudó sus gafas a la punta de su nariz. Tenía dos. Gafas. Las de cerca y las de lejos. De cerca, acostumbraba a ser pequeño. De lejos, pelo cano, metro ochentaialgo y corpulento. Como su corazón, al que siempre reclamaba cuando buscaba algo de razón en mi inmadura brújula. Qué buenos consejos salían de su boca. Que por vocación, comunicación como pasión. “Tenía que haber estudiado esto en los ochenta”, siempre maldecía. Ronco lo decía. Radiofónico, televisivo y literario. Un cerebro polifacético. Su mejor faceta era vivir. Coger su orbea amarilla los domingos. Ver a su nieto jugar al fútbol por las alfombras de Cádiz. Leer, aprender y sonreír. Aprender periodismo. Y el Real Madrid. Porque de allí era y allí se quedará. En la capital de mi memoria. “Te quería mucho”, me han hecho llegar. En mi casa también lo conocían. El hombre mayor. Al que terminé llamando abuelo, a lo que respondía con una sonrisa. Al primero que llamaba en los aciertos y buscaba cobijo en las derrotas. Que siendo más, demostró la amistad. Él acostumbraba a ser compañero, amigo y hermano. Enemigo de las tecnologías, pero domador disciplinario. Cafetero y pitufocatalanero. Vasco, madrileño y veleño. Como las velas que izó el domingo. Su último viaje. Qué mala costumbre te ha dado por coger, amigo. Que ya no quieres hablar más. Que te sea leve la tierra. Descansa en paz, Juan Carlos.

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Juan Carlos Rubio Uría, tras su graduación en periodismo por la Universidad de Málaga. (Fotografía: Andrei Balog)