Pékerman

Gol, UD Rosario, Javi Banano, CD Campillos

A mí, más que sus pecas, me impresionó su cabeza, que por aquel entonces ya recibía algún que otro golpe. Yo era jugador alevín de la escuela de fútbol cuando un lunes de entrenamiento ―aún en albero― se acercó con su retahíla de puntos hilados en su coronilla. Allí, todos nos impresionamos. Yo no dije nada. Solo pensé que vaya cabeza más dura tenía aquel chaval de culo agüeresco que por lo visto era mi vecino. Con el tiempo, supe más sobre su cabeza y su culo. Ambas venían de familia, que es lo que nunca he terminado de entender. Dicen que cuando Pékerman llevaba a sus sobrinos al Kiosko de la Felicidad no se distinguía quién era el mayor. Ahora, tampoco. Lo que hacía era comprar cromos y soñar con los sueños construibles: portero, leñero o multiaficionado. Al final, se quedó en lo de lateral diestro hasta que en una especie de reconversión ramista pasó al centro de la defensa. Un brazalete azulón, a la izquierda, y el cinco, a su espalda. Yo, gracias a Francis y a Botello, hacía mis pinitos como periodista siguiendo al club. Que más que periodista era el relaciones públicas: cuando Pékerman se quedó inconsciente en el césped de Las Clavellinas el 23 de febrero de 2014 me guardé la cámara. No porque me diese miedo a lo que le pudiese pasar al capitán, ya de por sí tieso en la alfombra artificial, sino porque mi padre me lo prohibió. Una visita del Atlético Almogía estaba cerca de ser un clásico, que es ir pasado de revoluciones. Y como Pékerman no tiene sexta, casi no lo cuenta. Lo que luego contó era de broma. Que tenía la cabeza dura, decía. Y es que el golpe que lo dejó inconsciente fue de un codazo en su dura testa —el del codo salió ileso—. A decir verdad, no creo que lo pasara mal. De la primera vez que lo vimos relacionándose con ambulancias tampoco se acuerda. Menos mal que de eso sí hay documentos audiovisuales. Como también los hay de la tercera y la vencida. La vez en que anotó el gol del ascenso ante el CD Campillos. Se tiró en plancha y volvió a usar la cabeza. Bendita cabeza. Le tendríamos que preguntar a su madre. Y posiblemente me contestaría que esas cabezas están locas por el fútbol. Desde sobrinos a tíos. Pero como el fútbol es de cabeza ―y si no que se lo pregunten al Liverpool―, a Pékerman le sobra todo lo demás y algo más ―pero de eso no vamos a hablar que forma parte de mi sueldo―. Escúchame, compréndelo, le contestaría Pékerman a su madre. Y es que le entregó su corazón al balón. Y a su club, con el que, ya como entrenador, acaba de lograr la salvación matemática en un final de temporada agónico. Cuando la cabeza late y el corazón cree no puede quedar otra cosa que victorias de actitud, pasión y garra.   

  • ¿Y esta tarde qué?
  • Hoy voy a ganar, si no es que no bajaba al campo de fútbol.

Javier González Lorca. El fútbol es cabeza.