Felicidad

La última vez que compré cromos en el kiosko de la Felicidad costaban cuarenta y cinco céntimos. Un infortunio para mi bolsillo, donde sólo se alojaba un euro fruto de la desconfianza de mi madre. Que luego no merendaba, decía. El álbum lo tenía casi al completo, pero Eto’o nunca salía. Y yo lo hacía siempre con los repes en el otro bolsillo. Deco lo tenía tres veces y lo guardaba junto al resto, bien ordenados y sujetos por una gomilla en cruz, por si caía la posibilidad de comercializar con alguno de mis conocidos aldeanos. El infortunio entonces era la reproducción del mensaje “tengi” mientras paseaba mis descartes con el dedo pulgar. Fueron los comienzos de mi carrera frustrada, nunca aprendí a hacer magia. No he salido a mi padre, que hace pan y le gusta el vino. Una copia casi lograda de Nuestro Padre. El caso es que rara vez podía cambiar alguno, y la temporada se estaba acabando. Y ahí estaba yo, que no sabía si invertir en dos paquetes de cinco ―nunca he fumado― o comprarme esa bolsa de gublins para saborear una nueva derrota. Otra vez Deco. Si me decantaba por el doblete, sólo podía llevarme dos chicles, más allá de que el dedo pulgar correría mejor sin las picotas de gublins adornando su yema ―qué buenos estaban los huevos―. Por si acaso, yo siempre preguntaba: ¿cuánto cuesta, Felicidad? No vaya ser que por no contrastar me estuviera perdiendo el sabor del chicle demelón. Pero Felicidad me confirmaba lo confirmado intuyendo que detrás de las cajas de palotes de fresa del mostrador estaba yo. Metro setenta y algo. Otra carrera frustrada, la de baloncestista. Menos mal que la de periodismo la terminé. Un privilegio para una persona como yo, que se quiere acercar a todas las disciplinas posibles. Si hubiese nacido en otra época, sería humanista, pero ahora eso de la contemplación sale caro. Quizás debía haber cogido la ruta del pan y el vino, pero mi carrera eclesiástica se truncó cuando hice la comunión. Mi confirmación fue no ir más a misa. Desde entonces, tengo un excelente motivo: el kiosko de la Felicidad lo trasladaron de la plaza de la Iglesia a su hogar natural: la del ayuntamiento, en obras durante mi catecismo. Una obra divina. Yo hice la comunión por Felicidad.