República

Mi abuela dice que vivimos en una república. Ella no sabe lo que es una república. Pero me lo tomé como un piropo. Resulta que para ella república es sinónimo de vivir bien. Una acepción connotativa no registrada por la academia que sin duda está influenciada por mi difunto abuelo, que por lo visto en sus últimos años la tenía siempre en la boca. La palabra. Él, que acostumbraba a insultarnos con eso de “habéis visto el mundo por un boquete” ―porque él había visto el mar de Valencia, cosa que yo todavía no he conseguido―, hubiese deseado eso de la república. Quizás por ello se conformó con que sus nietos vivieran en ella, no preocuparse por aprender qué era eso de la monarquía parlamentaria y, de paso y lo más importante, hacérselo saber a mi abuela. Ella me sigue preguntando por Felipe González o, en su defecto, Adolfo Suárez. Así que por enésima vez no irá a votar el 28 de abril. Es aquí cuando me vienen las dudas: no sé si su ausencia es conformista o inconformista. Quizás haya alcanzado felicidad plena en la república o quizás no le guste la actual oferta política. Mi instinto me dice que me incline más hacia la primera opción. Pero es que mi abuela nunca ha sido del todo rebelde, pero sí muy testaruda. Con la testa dan dura que se cayó por las escaleras del patio ―no sé quién le llamó a pintar la pared a las siete de la mañana― y todavía puede contar la experiencia. Tuvo suerte, cuenta la cronista ―y única testigo del suceso―, porque a pesar del charco de sangre que emanaba de su testa dura, la Virgen del Carmen la salvó. Y es que la estatuilla de porcelana también cayó, pero afortunadamente ―milagrosamente, escribiría mi abuela― tampoco se rompió. Era la segunda vez, porque esa misma imagen ―la religiosa, no la de la caída― fue rescatada intacta de entre los escombros cuando el techo de la casa de mi abuela se le vino encima. Mi abuela también salió ilesa. Me atrevería a pensar que mi abuela es inmortal, aunque le tengo un poco de miedo a eso de la tercera oportunidad. De momento, la estatuilla y mi abuela siguen viviendo en su república. Y las tres siguen esperando la tercera y vencida. Lo bueno es que no tienen prisa. Y lo veo bien. Porque las prisas no son buenas compañeras. Tú no corras con el coche, me dice mi abuela. Y ahora voy a intentar no correr en nada. Excepto para escribir esta columna, que como son los únicos exámenes que tengo, lo dejo para el final. Tradiciones. Eso, quizás sea eso por lo que mi abuela es republicana. Por tradición. Que las abuelas siempre han sido muy de república independiente de sus casas. Estaban las repúblicas de las vajillas marrones y las de las verdes, pero en todas se traficaba con dinero y se merendaba chicharrones. Que en las repúblicas ni se engorda. Por eso Andalucía no puede ser una república. Porque en Andalucía se engorda sin prisas y sin prisas se engorda. Lo bueno de no tener prisa es que se disfruta el engorde. ¡Cómo disfrutaba yo de mi mollete con aceite en el patio del colegio un 28 de febrero! Ahí, sí corría a por él. Y os lo recomiendo. Vamos a dejarnos de tonterías: corran, levantaos hacia el 28 de febrero, vístanse de verde y salgan con quienes más queráis en este engorde. Que la vida está para engordar en esta república. El estómago y el corazón. Viva Andalucía, viva mi abuela y ya lo de viva la República lo decidís vosotros.