Jesulín vuelve a los ruedos

Lo de que se están perdiendo las costumbres ya lo hemos tratado aquí. No es que ahora venga a ser vuestro terapeuta ―sólo aspiro a risoterapeuta―, pero no está nada mal recordarlo. Eso, que se están perdiendo las costumbres. Y no esas costumbres de las que los del neodiccionario hablan ―por cierto, vox es con zeta―. Hablo de las que hablan los del diccionario de verdad. Porque nada tiene que ver el hablar para hablar que el hablar por hablar. La necesidad, con la virtud. Y como las redes son un canal para usar la lengua de manera indiscriminada, no sólo no discriminan, sino que ni sienten ni padecen. Y, a menudo, se habla por hablar. De nada sirve ser conservador en la defensa del lenguaje inclusivo si en el segundo acto la pregunta capciosa no va precedida de signo. Ya le estoy empezando a coger miedo a esto de que la RAE sea descriptiva. No porque a las croquetas de la madre de Zabala les pueda llamar crocretas ―que sigo sin poder hacerlo― sino porque el sujeto y predicado siempre van de la mano hasta que se nos va de las manos. Como cuando lo hizo una de mis profesoras de máster. Motivo suficiente para echárselas a la cabeza. No las croquetas, las manos. Estas, para comer. Y con mayonesa. Que puestos a comer, parecen estar igual de ricas que las comas. Las comas cuando las comas. Para almorzar o para cenar. Esta columna, para desayunar ―he aquí la coma elíptica―. Para merendar, aquí tiene otro ejemplo, lector ―he aquí la coma vocativa―. Bocado a bocado y la casa sin barrer. Porque poco celebré cuando leí celebro por cerebro. No sé en qué momento se desprestigió tanto la lengua para que el argumento imperante sea el de “es una faltilla”. Ni en qué momento la prensa comenzó a obviar su labor alfabética. El caso es que esos cerebros suelen ser los que más celebran. Por aquello de que ojos que no ven corazón que no siente. Y puesto a sentir, más que la libido alta me encuentro lívido ante semejantes ataques a los del diccionario de verdad. Al menos, practico la empatía y comprendo que todos los días se aprende algo. Yo ayer tampoco sabía que lo de estar más o menos cachondo era llana y que lo de estar intensamente pálido era esdrújula y con uve. Y hoy, he conocido que Jesulín vuelve a los ruedos. A él, le debemos el vocablo ‘toa’. Y de Sánchez, aprendimos la palabra filibusterismo. A él, le debemos el valioso “no es no”. Porque no es lo mismo “no tengo novia” que “no, tengo novia”.  A lo mejor habló por hablar. O hablo por hablar.