Fantasma

Tengo el convencimiento de que los chip inteligentes implantados al nacer llevan muchos años existiendo. El problema es que hasta ahora sólo conocía dos de sus variantes. Era la única explicación a esa extraña supremacía española de creer saberlo todo y saber de nada. Porque si de algo conocía un español era de fútbol y de periodismo. Un aprendizaje extraño para dos oficios que se aprenden con el ejercicio, valga la redundancia. Es curioso, porque a menudo lo más redondo que ha alcanzado la vista del sabelonada es su móvil. Y la única vez que experimentó eso de mancharse los dedos de tinta, cuando cambió por primera y última vez los cartuchos de su impresora. Pero tranquilos, que controla. Con apostar al ‘9’ e ir a la copistería le basta para seguir opinando. Lo insólito es que ahora el misterio se ha expandido. Entiendo la inexistencia de un colegio de futbolistas y otro de periodistas. Cuál más utópico. De ahí la carta de libertad para opinar. Pero opinar sin ser colegiado en ingeniería me parece el culmen de la biotecnología. Un sorprendente hallazgo científico sin el cual no se explicaría la aparición de decenas de ingenieros que están aportando soluciones para sacar a Julen del pozo de Totalán. Por no hablar de los magos que cada noche especulan sobre el devenir del pequeño. Todo indica que las bolas mágicas comienzan a funcionar. El caso es que todas las profesiones comparten el mismo fallo de actualización. Un virus informático que los expertos denominan ‘toro pasado’. Muy acertado el término, por otra parte. Español, español. Porque si algo también le agrada a un español es cantar olé cuando pasa el toro, analizar los desafortunados cambios cuando su equipo pierde el partido e insultar al periodista cuando la información ofrecida no refuerza sus prejuicios. He aquí mi empatía con el sabelonada. Y es que a mí me queda mucho que aprender en eso de la gestión de la frustración. ¡Qué mal lo debe estar pasando sabiendo marcar golazos, escribir y realizar obras de ingeniería civil! Y como envidio su seguridad. Como la del usuario de Twitter que desde Madrid maldecía la inoperancia de la Guardia Civil en el rescate. Qué mal nos están sentado las tecnologías. Vagones que portan millones de usuarios disfrutando del monopolio del derecho a la libertad de expresión y descuidando la ahora más que nunca necesaria obligación de información. Pero en España, lo típico también es lo gratis. Es la única explicación que le encuentro al opinar sin saber. Tranquilo, que yo controlo: dice el fantasma. Que por cierto, otra españolada, el que no te vean. Por eso la Universidad Rey Juan Carlos es la institución más transparente.