Buenos días

En mi casa, lo del instinto periodístico lo tuve que mamar por narices. Que donde digo mi casa digo mi pueblo. Fijaos cuánta razón tenía José Mota. Que sí, que la vieja al visillo existe. Y madrugan. Y chafardean. Y madrugan para chafardear (que sí, que existe). Y he aquí mi primera experiencia con las rondas informativas. Yo siempre he dicho que bien he podido hacer las prácticas en Telecinco como en la panadería de mi padre. Que en ambos casos ejerciese o no el periodismo es cuestión de análisis en otra columna. Pero el manejo con las fuentes de la prensa rosa lo iba a desarrollar. Y siguen sin perder la tradición. Cuando estoy de vacaciones sigo bajando. A la misma hora. Ronda informativa. Las ocho. Mis tías, y ahora hablaré bajito, que también son una chafarderas, y los clientes. Que madrugan, chafardean y madrugan para chafardear. Es el momento de más efervescencia informativa. La hora de poner nombre y apellido al difunto de la noche anterior. La hora de divorciar a los vecinos de la calle de abajo. Y la hora de revisar la hora en la que llegó la hija de la Loli anoche. Que no eran horas, por lo visto. Como la hora que hecho yo con mi culillo de café. Eso sí que es un culo en hora. Por eso yo siempre he sido más de culo. Más de periodismo que de pan. Y mucho más de decir buenos días cuando me cruzo con alguien. Es que claro, desde pequeño siempre he aprendido que detrás de unos buenos días siempre ha habido una información útil. Mi padre nunca ha tenido intención de abrir un ‘Teodoro’s News’ o algo parecido -Papá, que espero que me leas: a lo mejor hay un nicho de mercado-, pero la táctica no está mal pensada. De esta gente de pueblo también se aprende la empatía. Y yo creo que tengo mucha. Te entiendo, me entiendes. A los problemas soluciones. ¿Hablamos..? Pero no termino de entender a la gente que no te dice buenos días. Y mucho menos a los que no te contestan a unos buenos días. ¿Qué hay mejor que dar los buenos días? A mí, no me ha ido mal dándolos. Incluso a veces me los devuelven con creces. Bien dados. Porque los buenos días estimulan la hormona esa de la felicidad. Por eso lo de dar los buenos días debería venir en los libros de autoayuda. Por eso, por favor, señores médicos de este país: receten más dar los buenos días. En grandes cantidades. No tengáis miedo. Pastillón de un gramo. De momento, parece que las autoridades no están por la labor. El otro día vi que por Málaga los bancos ya eran individuales. Los de sentarse, digo. Ya los únicos colectivos que quedan son los de los peces. Quizás la madre naturaleza nos esté dando de nuevo una lección. Así que ya que no habrá prescripción médica, ya os lo receto yo: levanten la mirada del smartphone. Hombre ya. Buenos días, 2019.