Si yo lo hubiera sabido

Tomarse la última copa siempre ha sido una decisión de alto peso. Del encumbrar al despeñar hay una fina línea copera. También existe la doble modalidad: encumbrar y despeñar. Como Sergio Ramos hizo con la copa de la Copa del Rey. Pero lo más común es que esa copa haga que tu encumbramiento despeñe. A partir de ahí, puedes usar el comodín de que te han sentado mal lo churros. Excusa que de nada le sirvió a Jesús de Nazaret ante los incomprensibles romanos. Seguro que María Magdalena le dijo que no se tomara la última. ¡Que para casa, hombre ya! Y mira como acabó. Encumbrado. Y a mi la última copa también me está empezando a sentar mal. Hasta tal punto que ya no sé ni sentarme. Ni me sienta bien ni me siento bien. Ni en el estómago ni en la silla. Eso de que estés digeriendo la última copa de camino a casa es una idea sin fundamento racional. Nada que ver con el inteligente mandamiento del día siguiente.“No vuelvo a beber”. Una tesis que pronto pasa a mejor vida. Qué rápido olvidamos, ¿verdad? Olvidados del año anterior, esta noche volveremos a aguantar a nuestro cuñado. Y ojo que los del diccionario llegan encumbrados. O a tu tío borracho. He ahí otro ejemplo de mi ecuación encumbrar-despeñar: justo en el punto más álgido de la noche se te pone a llorar recordándote lo mucho que te quiere. Tito, que hayas superado el medio siglo de vida no significa que estés en proceso de despeñamiento. El caso es que hace un año tomé la irresponsable decisión de contestar que no. Y la nunca mala costumbre que tengo de incumplir una promesa. Me traicionaron los sentimientos. ¿Nos tomamos la última? ¡Qué sí, que sí!, tenía que haber sido mi respuesta. Porque qué pronto olvidamos que del encumbrar al despeñar hay una fina línea copera. Volver de Madrid se convirtió en una obligación para tomarme aquella última copa. Para celebrar la ida, la vuelta, la Navidad y lo que tenía que haber sido la más importante: su recuperación. Aquella mañana me levanté decidido a hacerlo. No podía dejar pasar la oportunidad. Y allí estaba yo justo hace un año. Él no contestó ante mi pregunta de que si quería una copita de vino. Pero no hacía falta más que interpretar aquella mirada que aún recuerdo. Por desgracia, su ausencia de respuesta verbal no era más que fruto de la ya falta de fuerzas hasta para hablar. Mi abuelo murió 36 días después. No sean necios: tómense la última. Hoy, sólo me quedará brindar por ti sin ti. Si yo lo hubiera sabido…