SILBANDO VOY

La lucha eterna de los decibelios. Ya es habitual sintonizar la misma banda sonora en las horas previas a la final de la Copa del Rey. Para ser exactos: un minuto antes. Una vez más, los altavoces no pasaron el control antidoping. Pero les fue insuficiente para acallar las gargantas que boicotearon el himno nacional. O más bien los pulmones, verdaderos cabecillas del boicot. Fueron cerca de 30.000. Con sus más y sus menos. Claro, que las 26.000 restantes las completó la federación. Las entradas, con sus más y sus menos. Más menos que más tras ver el graderío ya sin algunos asientos y con otros muchos libres. Todo indica a que hubo huelga de electricistas en la despedida del Vicente Calderón.

Donde no hubo huelga fue en los despachos jurídicos de Twitter. Los seguidores del gran pajarito azul también quisieron afinar el tono. Silbaron en pro de la libertad de expresión, el paraguas en el que se ampararon los aficionados. Entonces, a coro: insultos y desprecios hacia la bandera catalana. Que terminaron en crescendo: victoria del Barça. El mismo club que acaba de adherirse al pacto por la consulta de independencia. “Jamás te lo perdonaré, Messi”, faltó.

De nuevo, la fe del balón es la única religión en España. Falacias, lo de que la gente ya no cree. Eso de que un puñado de catalanes silbe una musiquita sin letra en un estadio de fútbol debería estar penado con la cárcel. A cada cosa la importancia que se merece. Yo seguiré deleitándome con el silbido de los que caminan hacia Suiza. O a Panamá:

  • Titititi tititititititi titi ti ti ti…, a ver si aprenden a querer a España, Jordi.

El verdadero estruendo.