RUEDA PARA VOLAR, VUELA PARA VIVIR

Este reportaje fue publicado en El Confidencial, en su versión reducida, el día 7 de marzo de 2017.

Samuel Ruiz || Villanueva del Rosario (Málaga)

Desde la antigua carretera Málaga-Córdoba a la altura de Antequera, donde los olivares se reproducen una y otra vez en la retina del viajero mientras un cartel indica que quedan 17 kilómetros para llegar a Benamejí, se atisba una bandera. Desde la lejanía, se aprecian los colores de identidad de España… pero no se alza a más de medio metro del suelo. Acelera. El oro verde es testigo de la velocidad del viajero que con la bandera de España no le es suficiente: el fino mástil que lo sigue a sus espaldas termina en un trozo de tela naranja, como su chaleco. Crucial en su supervivencia. Huele a invierno, pero el sol ha hecho desaparecer la escarcha. El viajero sufre: el astro deshidrata su cuerpo, el esfuerzo marchita su energía. Se acerca. El único viento presente es el de la velocidad de su pedaleo: 41 kilómetros por hora, dos pedaleos por segundo. Su casco chorrea el sudor convertido en sangre y su fortaleza convertida en esperanza: es rojo y blanco. Unas gafas negras no dejan ver su mirada, aunque siempre positiva. Concentrado, avanza por el cálido asfalto. Su bicicleta tiene tres ruedas, una que persigue y dos que lo persiguen. Cuatro centímetros de altura por cada una de las letras de Alejandra y Aroa. Son los nombres de sus hijas, impresas a cada lado de la carrocería negra del vehículo, sus dos pilares. Se llama José Cristóbal Ramos Jiménez y recorre su último kilómetro en el último día del año en su handbike. Es campeón de España de paratriatlón. Una caída con la bicicleta lo dejó en silla de ruedas.

El 9 de junio de 2013 era domingo. Pero no era un domingo cualquiera, el cielo estaba gris y el frío aún no había abandonado Villanueva del Rosario, su pueblo: la vida de Cristóbal iba a cambiar por completo. “Cuando yo venga estarás aún en la cama”, le dijo a su mujer, Tamara, embarazada de cinco meses y de gemelas. Media hora más tarde ya pedaleaba sobre su Orbea negra y blanca: “La máquina que me tiró al suelo”. Una semana después se disputaba el ‘Desafío Trabuco’, una prueba de ciclismo por montaña celebrada en el pueblo vecino, y Cristóbal y sus compañeros del Club Ciclista Rosario quedaron para realizar el recorrido. Era su día: enfundado en un maillot de la legión, encabezó la subida al puerto y fue uno de los primeros en coronar una cordillera desde la que sólo se apreciaban pinos. Justo después, comenzó el descenso. Pero la bicicleta tan sólo silbó durante 100 metros. Un descenso. Una curva hacia la derecha. Una piedra. El freno delantero. Y plaf. Cristóbal logró desengancharse de la bicicleta, pero para evitar morder el asfalto comenzó una exhibición artística de la que nunca saldría andando: “Di dos volteretas en el aire”. El ciclista vio tierra y volvió a ver cielo, y escuchó a su Orbea caer ladera abajo, “se va destrozar”, se lamentó en ese momento. Volvió a ver tierra. Cielo, hasta caer sobre un balate: “Sabía que me había hecho daño”.

Tamara comenzó su mañana antes de que llegase su marido. La fatiga del embarazo le hacía estar con las fuerzas en baja forma, pero no le impidió saltar de la cama antes de tener noticias de Cristóbal. Fue a ver a su abuela en el momento en que la Orbea escupía a su ciclista sobre el asfalto. Recibió una llamada: “Era mi tía, ella ya lo sabía”. Pero aún tendría que esperar. Recibió otra llamada, Eugenia, su madre: “Estoy en tu casa, ven que me tienes que dar una cosa”. Pero fue su madre la que dio… la noticia.

Ring, ring, ring. Rubén estaba jugando con Morfeo cuando su madre, entre lágrimas, lo llamó: “tu hermano se ha caído de la bicicleta”. Un minuto después el segundo hijo de Rafaela iba en busca de Cristóbal. Cuando Rubén llegó al pinar pudo ver las hélices: el helicóptero ya estaba allí. Y rojo: bomberos, y verde: la Guardia Civil. Cristóbal descendía por el camino que había iniciado. Pero esta vez sobre cuatro y no sobre dos ruedas: los bomberos sostenían su camilla. “No me pasa nada, no me pasa nada”, le repetía Cristóbal a su hermano mientras una médica probaba la sensibilidad de sus piernas. Las hélices comenzaron a soplar.

“Es muy probable que su hijo no vuelva a andar”

17,3 kilómetros tuvo que recorrer el helicóptero desde el pinar hasta el Hospital Comarcal de Antequera (Málaga). 5 minutos después, Cristóbal aterrizaba. Rafaela ya estaba allí junto a su marido José: Rubén, que tenía 24 años, había dado la voz de alarma. Él, Tamara y el inseparable abuelo del ciclista, “el abuelo Apolonio”, tardarían más: 17 minutos. Desiré, la cuñada de Cristóbal, tomó los mandos del Seat León rojo mientras su hermana Tamara lloraba en el asiento trasero: “Le pregunté a sus compañeros y me dijeron que había sido tan sólo una cadera rota”. Pero la realidad superó cualquier pesadilla.

Cristóbal intentaba reincorporase sobre la camilla, pero el dolor le imposibilitaba cualquier movimiento. Tenía un arañazo en el brazo derecho y otro en la pierna. Sólo sentía uno de ellos. “Yo tocaba mis piernas, pero era como tocar algo ajeno a mi cuerpo”. Justo después del aterrizaje lo metieron directamente en la sala de radiografías. La noticia ya estaba en la rotativa. Cristóbal se dolía esperando en ‘observación’. La camilla estaba dura y la espalda le iba a estallar. En ese momento, las rodillas comenzaron a dolerle… pero no era más que un oasis en el desierto, el último reflejo de su tren inferior.

Dos horas hasta que una médica lo convocó junto a sus padres. La habitación era naranja, rodeada de artilugios de enfermería, Cristóbal en camilla; la médica disparó: “Es muy probable que su hijo no vuelva a andar”. Rafaela se fundió junto a su marido y Cristóbal germinaba su heroica superación: “Claro que voy a volver a andar, lo que tenéis que hacer es operarme cuanto antes”. Rubén esperaba que sus padres saliesen, estaba fuera con Tamara. La mente de Rafaela pasó del negro al blanco. Se desmayó. La noticia estaba dada: tres horas después de que Cristóbal cabalgase sobre su máquina negra y blanca… conocía que, con 28 años, nunca más lo volvería a andar.

Estallido de médula

Cristóbal tiene una vértebra fracturada. Debe ser operado. El Hospital Regional Universitario de Málaga es el escenario elegido, pero la indisponibilidad de camas hace que los especialistas se trasladen a Antequera. El martes 11 de junio, dos días después de la caída, de nuevo sobre cuatro ruedas, lo trasladan hacia la tabla fría. Dos plantas más abajo comenzaba su primera carrera: 420 minutos por delante.

Las puertas del quirófano se abren para Cristóbal y un ataque de ansiedad llama a la de Tamara. Y entra. Con prisa, la trasladan a monitores: está muy nerviosa, no siente una de las niñas que debe nacer en octubre. Es la que está en la parte baja de su vientre. Se toca. No está. Su cerebro no admite más adrenalina.

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La cresta ilíaca, parte superior de la pelvis (el hueso de la cintura), es el eje que estimula la estrategia de los médicos: un injerto óseo que tendrá buena respuesta inmunológica. En 7 horas reconstruyen la vértebra a partir de un injerto óseo de la cresta ilíaca. Una cicatriz de 14 centímetros en la parte inferior de su espalda, y la columna completamente recta son los resultados. Tamara, Aroa y Alejandra también siguen adelante. “Cuando desperté parecía que estaba en una nube”, pero la nube estaba preparando la tormenta. Los efectos de la anestesia se disiparon en el cuerpo de Cristóbal y en ese momento conoció el infierno. “Los dolores eran insoportables”, su mano pulsa una y otra vez el mecanismo que activaba los analgésicos para que corriesen por su cuerpo, pero el circuito sólo se activa cada tres horas. Cristóbal sufre. Las enfermeras sólo podían consolar su desesperación con paracetamol.

“Estallido de médula”, así narra el diagnóstico de la médica la lesión de Cristóbal. El ciclista tiene la médula completamente rota tras una fractura en estallido: “Hay gente que puede mover algo, pero yo tengo lesión medular completa. Entonces, yo: nada, ningún movimiento”. Nunca podrá controlar los músculos de cintura para abajo. Pero no sólo es no mover las piernas, no caminar, sino que los órganos que agrupan esa parte del cuerpo no logran funcionar. Sus esfínteres y vejiga están inactivos: comienza a conocer lo que es ser un parapléjico.

Pero Antequera no iba a ser su casa por mucho tiempo. La actividad burocrática está en marcha y Cristóbal debe ser trasladado a otro hospital especializado. Una baraja de ofertas apuestan sobre la mesa: Toledo, Sevilla o Granada. La capital árabe fue la elegida: la política de aceptación en Toledo había cambiado, la comunidad de Castilla La Mancha tenía preferencia, y Sevilla estaba al completo.

Granada: aprender a ser parapléjico

El “Abuelo Apolonio” es un mar en la montaña. Las sirenas no avisan de nada, ni las luces de emergencia anuncian, la emergencia ya era cosa del pasado. La ambulancia sólo avanza hacia Granada con Cristóbal en su parte trasera: todavía le queda un mes más viviendo sobre cuatro ruedas. José seguía su estela. La hora de camino con el Seat León rojo terminó en un abrazo con su mujer, la pesadilla era realidad: “allí sólo había cosas malas”.

Las paredes de la segunda planta del Hospital de Traumatología de Granada son azules. El techo, blanco. Es celeste, pero el tiempo ha erosionado su tonalidad: parece estar nublado, como aquel día. Las habitaciones son para tres personas, pero, con suerte, siempre las ocupaban sólo dos. Una vuelta cada tres horas, así es su vida en el mes que sigue desde su entrada el 13 de junio de 2013. Hacia un lado, hacia otro, y un sondaje cada cuatro horas. Su cuerpo comenzó a perder peso.

Cada día era una clase práctica más para Tamara: “Las enfermeras me explicaban cómo había que lavarlo, cómo había que ponerle la sonda, pero yo me preguntaba el porqué”. Tamara no quería aceptar que Cristóbal no volvería a andar. “Incluso me cabreé cuando me dijeron que tenía que adaptar la casa”, el ciclista también estaba convencido de que despertaría de su pesadilla. Allí algunas personas salían andando o con una leve mejoría, pero ninguna lesión medular es igual a otra, y la suya… es completa. “No te lo quieres creer”, Rubén no perdía la esperanza: “A ver si pasa el tiempo” y pasa… pero no pasa nada. Toca asumirlo: Cristóbal tendrá que adaptar su casa.

Llega el día: Cristóbal tiene que incorporarse. Yiiiiiiiin, yiiin, yin. La cama sobre la que reposa cruje mientras un motor incorpora su cuerpo. El motor hace subir la parte superior del colchón y su espalda comienza a curvarse. Sólo su espalda. No había nada más: era la primera vez que se sentaba sólo con el tronco superior. Cristóbal se desmayó, Rafaela llora. Cuando despertó advirtió que nunca más intentaría sentarse, que cuando saliese de allí, lo haría andando. Una semana después desiste y lo consigue, el ciclista logra incorporarse sobre una silla, pero por tan sólo 15 minutos: había completado el primer kilómetro de la carrera.

Tamara va todas las tardes a Granada a visitar a su marido, pero el 14 de agosto su madre la obliga a quedase en casa: “Hoy tienes mala cara, quédate”. Un día después Alejandra y Aroa conocen el mundo, el parto se adelantó. Tan sólo habían pasado siete meses y medio de gestación, pero las gemelas querían conocer a su padre. El parto estaba previsto para que fuese en el Hospital de Granada, pero el Regional Universitario de Málaga, el estadio en el que Cristóbal casi juega su primer partido, era el anfiteatro encargado de acoger la cita. Cristóbal no se lo pensó. Llamó a su padre. En dos horas estaba con ellas: Alejandra y Aroa. Ya las tenía tatuadas en el corazón, meses más tarde… en cada uno de sus brazos. Las máquinas con las que compite.

Juan Carlos, su mejor psicólogo

De carne y hueso. Cristóbal es como cualquier otro ser humano y su filosofía positiva ante la adversidad también tuvo sus picos de recesión. Quejas. Irritaciones. Malhumor. Tamara, Rubén y toda la familia tuvo que soportar su crisis. “Te ves con 28 años en silla de ruedas y estás molesto”. Juan Carlos fue su salvación.

“Ese hombre me dio una lección de vida”. Juan Carlos se convirtió en su compañero de habitación, su amigo, formó parte de su familia. Le había dado un ictus y no podía mover la  mitad de su cuerpo. Sin embargo… su sonrisa fue la que iluminó el camino de Cristóbal. “Con ese hombre me reí mucho y me ayudó más”, la atmósfera perfecta para salir adelante. Por aquel entonces, la habitación era más azul que nunca, se convirtió en una fiesta continua, la más alegre del hospital. Su cielo comenzó a desenladrillarse.

Desde aquel momento lo tuvo claro: superarse era la mejor opción para combatir la rutina. Los médicos le daban rehabilitación a diario, su tren superior comenzaba a formar masa muscular: el equilibrio estaba conseguido. Allí forjó su competitividad: “Nos ponían en una máquina que te ponía en pie y competíamos a ver quién aguantaba más sin desmayarse”. Cristóbal hizo 21 segundos. El mismo tiempo que tardó en comunicarles a sus padres que, cuando saliese de allí, pedalearía de nuevo. Pero esta vez… con las manos. Cristóbal movió hilos y David Aguilar, ex piloto de motocross también silla de ruedas, le tejió la manta: consiguió su primera bicicleta adaptada.

Su primera bicicleta, a la que llaman batec, no era para nada aerodinámica. A casi un metro del suelo y con 20 kg parecía más un trineo que una bicicleta de competición, un artilugio que se engancha a su silla de ruedas. Sin perros escandinavos que lo empujasen, sería él el encargado de avanzar. Sus padres no lo comprendían, pero la bicicleta le iba a devolver todo lo que le había quitado. Tampoco renunció a su segundo mayor hobbie: la cacería. Las horas muertas en el hospital las pasaba con su cerebro al límite de velocidad y un quad era la solución: “Papá, vamos a seguir yendo juntos a cazar”. La casa… tampoco importó. Sus años de experiencia en la herrería lo facultaron suficiente para elaborar un montacargas. Rehabilitado, con su primera bicicleta y la casa adaptada, Cristóbal recibió el alta el 12 de diciembre de 2013. Era el primer regalo de Navidad para sus hijas.

Camino a la gloria

Barro. Sudor. Lágrimas. Sangre… Sonrisas. Vestía con una sonrisa, de negro y con protecciones azules desde sus rodillas. La ‘Eternal Running’ es sólo para valientes y Cristóbal demostró serlo. Obstáculos. Elevaciones. Ningún ente pudo con él. Se trata de una prueba de atletismo por montaña. En silla de ruedas ascendió. Bajo. Y fue embajador. Cristóbal trepaba por cuerdas y avanzaba golpeando las ruedas de su vehículo. Avanzar: su apuesta por el doble o nada.

El baloncesto fue su primera opción, comenzar a pedalear era un trago demasiado frío para su recién operada encía deportiva. Pero meditar volver al ciclismo tuvo sus días contados. En total dos: la media maratón de Córdoba y, la definitiva, media maratón de Los Palacios (Sevilla). Volar era lo más parecido que había visto en aquella salida. Su batec no agarró rueda de ninguno de sus contrincantes. La brisa que mordió en aquel pistoletazo le hizo conocer lo que era una handbike.

En enero de 2015 ya conducía su bicicleta adaptada. El batec ya era historia, su presente estaba tumbado a siete centímetros del suelo. 15 días después tomó la alternativa. Encaró al toro a porta gayola cuando todos lo daban por Kamikaze. Con un día de entrenamiento se enfundó el mismo casco que lo vio caer ladera abajo. Un segundo puesto fue su trofeo, en Jerez sólo uno pedaleó mejor que él: Javier Rejas, paralímpico español. El club sevillano de corredores discapacitados ‘No&Do’ se fijó en su cadencia, lo federó en ciclismo. Su próxima prueba era a nivel andaluz… y nacional.

Las pruebas de ciclismo adaptado están clasificadas en función del nivel de discapacidad. Cristóbal compite en la llamada MH4, los parapléjicos de cintura hacia abajo. La clasificación suma desde los MH1 a los MH5 en una escala ascendente desde la tetrapléjica a los amputados, pasando por las afectaciones leves y la parapléjica desde la altura del pecho. Sin un ritmo de entrenamientos específicos, Cristóbal logró un quinto puesto en el Campeonato de Ciclismo de España para más tarde quedar tercero en la Copa nacional. Para Rubén, Despeñaperros era como Finisterre. El hermano del ciclista nunca había salido de Andalucía. Pero en la aventura no estarían solos. ‘Sobre Dos Ruedas Bike’ se convertiría en su nuevo club y Manuel en su inseparable entrenador. En Bilbao tomó contacto con una prueba paralímpica. Cártama fue su próximo destino: Tamara contempló cómo Cristóbal se proclamaba segundo de Andalucía. La gloría estaba a punto de aparecer.

El brazo derecho es su preferido para comenzar la brazada. Alza la cabeza. Busca boya. Localiza. El ciclista aplica la fuerza sobre el líquido elemento. Cristóbal nada en aguas abiertas. En cada brazada deja ver su tercer tatuaje en el hombro izquierdo: “Rueda para volar, vuela para vivir”. La fuerza de su tren superior lo estabiliza. La potencia, el último aspecto a mejorar: “nadar más rápido, gastando el mínimo esfuerzo manteniéndolo el máximo de tiempo”. Aroa y Alejandra alternan su avance mientras el traje de neopreno alza sus piernas. Una y dos. Y cada tres: respiración. Tres años después de la caída, el triatlón se convierte en su nueva disciplina. La silla de atletismo completa el trío: apoyado sobre sus rodillas golpea, con sus manos protegidas por unos guantes, las dos ruedas traseras. La delantera, con un volante, dirige a proa. En triatlón compite en la categoría PT1 (lesionados medulares y amputados). En Jumilla (Murcia) tomó contacto con al triatlón sin saber lo que le avecinaba. Que la puerta del baño era insuficientemente ancha ya no era un obstáculo para él.

“La disciplina es la base del éxito”, Cristóbal entrena cada día, todas las semanas. De lunes a domingo. “No hay gloria sin dolor”, se convence. El entrenamiento está adaptado a sus condiciones. “Su vida la realiza al completo con los brazos”, su entrenador apuesta por un entrenamiento progresivo aunque insiste en que la mentalidad, la competitividad y la humildad de Cristóbal son tres valiosos puntos. A partir de ahí: plata en el Campeonato de Andalucía de Triatlón, pero sin premio en metálico. El paratriatleta se convertía en el segundo mejor de Andalucía.

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Hasta que el reloj se para en el Campeonato de España. Rubén y Manuel, acreditados en Bañolas (Gerona) ayudan a Cristóbal a hacer las transiciones de un vehículo a otro: “Formamos un equipo”. La primera prueba, 750 metros en agua. Lo espera un lago. Está oscuro. No puede ver. Siente la mitad. Nada. Avanza. Pero los brazos le fallan. Sale el último… tocaba disfrutar. Le esperan 20 km de bicicleta. La inestabilidad del agua comienza a disiparse en cada pedaleo y la cadencia era cada vez mayor. El marco no a medida de su vehículo no le influye en el recorrido de su brazo. Es mayor que lo idóneo, pero como si del ‘R25’ se tratase comienza a adelantar. En la ascensión del puerto ve. Olfatea y localiza su caza: “En una curva vi al primero”. Como si de un leopardo en la sabana se tratase enfila a su presa. El ciclismo le devolvería lo que le quitó, tiró de veteranía. En la bajada lo pierde, pero justo antes de la siguiente ascensión comienza la emboscada. Lo prueba. Lo pasa. Y lo deja pasar: “Él braceaba, y cuando braceas es que estás sufriendo”. Escala todo el puerto en segunda posición. A rueda. Como Nairo persiguiendo a Froome en Covadonga. “En la bajada lo maté”, pudo adelantarlo y realizar los últimos 10 kilómetros de nuevo en la silla. Mirada al frente. Semblante serio. Va en cabeza, tocaba soñar en los próximos 5 km. Rubén y Manuel no se lo creen. Se abrazan. Lágrimas en los ojos: “¡Es tu hermano!”. “Siempre había soñado con levantar la cinta de ganador, como lo hace Gómez Noya”, Cristóbal, tres años después de quedar en silla de ruedas, era campeón de España de Paratriatlón: “La cogí y la alcé con todas mis fuerzas”.

En la carretera Málaga-Cordoba disfruta de la autonomía de su handbike. Su entrenamiento de hoy es de 60 kilómetros combinados en dos modalidades: handbike y silla de atletismo. Primero la silla: da un golpe por segundo al rail que hace rodar las ruedas. Tin, tin. El martilleo se funde con la melodía de la rueda fina al rozar con el asfalto. Más tarde le cede el turno a la handbike, su leopardo particular, con la que se come el asfalto, con la que es capaz de alcanzar… los 82 kilómetros por hora. No es un pájaro, ni tampoco un avión; no pedalea con los pies, ni tampoco hace esfuerzos con las piernas, pero el entrenamiento ha hecho desarrollar sus particulares piernas superiores. El campeón de España de paratriatlón sigue su camino por la Carretera Málaga-Córdoba. Una mancha naranja se divisa de entre los olivos que abrigan el camino. Alejandra y Aroa abrigan el suyo, mientras sueña con un nuevo cartel: “Arrived Tokio”. 2020.

Cristóbal junto a su padre en Orihuela