HIROSHIMA

Fotografía: portada de la revista The New Yorker del 31 de agosto de 1946, día en que se publica el reportaje Hiroshima y a cual le dedica la publicación íntegra. 

El reportaje Hiroshima (1946) está escrito por uno de los periodistas más influyentes del siglo pasado: John Hersey (1914-1993). El escritor norteamericano es reconocido como uno de los pioneros en la corriente del Nuevo Periodismo caracterizado por la apuesta por el relato literario, la contextualización y la narración de la realidad desde una perspectiva foco a foco. El texto que narra en Hiroshima, como su propio nombre desvela de antemano, es la historia de los supervivientes de la bomba atómica lanzada por EEUU que arrasó la localidad japonesa la mañana del 6 de agosto de 1945. Un año después del suceso, la revista The New Yorker se encargó de catapultar la obra a la cúspide del periodismo.

La edición más moderna y la que se trata en estas líneas es la de 2009 (quinta edición de 2014) de la editorial DeBolsillo que cuenta con la traducción de Juan Gabriel Márquez. En ella, se narra la historia original publicada en la revista neoyorquina y, además, un último capítulo final escrito 40 años después de la catástrofe que cierra el círculo de una trágica historia. Hatsuyo Nakamura, el Doctor Terufumi, el Padre Wilhelm Kleinsorge, Toshiko Sasaki, el Doctor Masakuzu Fujii y Kiyoshi Tanimoto hacían vida normal en el transcurso final de la II Guerra Mundial cuando a las ocho y quince minutos de la mañana una sirena alertaba de la presencia de aviones sobrevolando la ciudad. La advertencia les era familiar, pero en esa ocasión no sería una sacudida leve: un resplandor silencioso (como lo define el autor) bombardeó la ciudad de Hiroshima. Era la bomba atómica. 120.000 personas murieron entre aquel día y los días que siguieron a la tragedia. Sin embargo, ellos seis pasaron a convertirse en hibakushas (supervivientes de la bomba atómica). A partir de ahí, el relato narra la crudeza de las horas que siguieron a la catástrofe desde las seis perspectivas. Así, fabrica un relato paralelo en el que se muestran las diferentes personalidades y cómo son las vidas de cada familia con un estatus social diferenciado. El reportaje muestra el trágico bombardeo norteamericano que supuso el final de la II Guerra Mundial y la vergüenza del pueblo japonés, que lejos de revelarse quedó sumido en el respeto y el perdón de las fuerzas norteamericanas inmersos en un debate moral sobre la guerra, sus causas y sus consecuencias. Un relato lineal desde la caída de la bomba, cómo lo vivió cada personaje, hasta la muerte y putrefacción de los cuerpos arrasados por los químicos. Angustia y desesperación entre los supervivientes que se encontraban desconcertados ante la falta de respuesta institucional y de conocimiento de las consecuencias; por ejemplo: durante las horas siguientes llovía ácido y nadie sabía por qué. Caos organizativo, otra las situaciones que narra John Hersey. Los hospitales estaban repletos de gente magullada, quemada por el ácido y por la misma bomba o con algún que otro hueso roto debido al derrumbamiento de muchos edificios. Los más dañados fueron los situados cerca de la zona cero: el autor pule tanto los detalles (propio del Nuevo Periodismo) que narra con exactitud la distancia a la que se encontraba cada persona de donde cayó la bomba y el grado de efecto en función de la lejanía.

Hatsuyo Nakamura tenía tres hijos a los que casi no podía alimentar con su vieja máquina de coser. El costurero era su marido, pero murió años antes. La bomba atómica destruyó su casa con ella y sus hijos dentro. Pudieron salir vivos los cuatro. Su hija, la más pequeña, fue la última en salir de los escombros, pero su vida se acababa de complicar aún más: el ácido había destruido el instrumento con el que conseguían sobrevivir antes de la tragedia, su máquina de coser.

El doctor Terefumi Sasaki ejercía esa mañana en el Hospital de la Cruz Roja. Una hora antes cogió el tren que lo trasladaba a Hiroshima, su familia no volvió a saber más de él los tres días siguientes: la bomba imposibilitó cualquier comunicación. Sasaki cayó despedido tras la explosión y perdió sus gafas. Sin más remedio, tuvo que quitarle las lentes a un muerto para poder coser cuerpos humanos, amputar extremidades, limpiar el pus de las heridas… estuvo dos días sin dormir mientras ayudaba a las miles de personas que se acercaban al hospital.

El padre Wilhelm Kleinsorge se encontraba a 1.280 metros del centro de impacto por lo que no pudo reaccionar a la explosión. Kleinsorge ya había dado misa esa mañana y cuando sonó la alarma salió de la capilla para asegurar de que nada malo iba a ocurrir. Una vez dentro, el tremendo estruendo lo derribó: nunca supo cómo salió de casa. El párroco era alemán y pudo emigrar, pero se quedó allí tras la catástrofe: “se convirtió en japonés”.

Toshiko Sasaki, que no guarda ningún parentesco con el Doctor Sasaki, estaba trabajando en una fábrica de estaño cuando se produjo la explosión. Quedó sepultada entre libros y estanterías durante horas y pensó que tan sólo le quedaba una pierna soldada a su pelvis. Una vez la pudieron rescatar comprobó que conservaba ambas piernas, pero quedaría lisiada de por vida. Las horas posteriores a su rescate reconstruyen una de las imágenes más impactantes del reportaje. La señorita Sasaki quedó postrada sobre una plancha metálica que la cubría de la lluvia ácida con dos hombres a su lado en los que pudo presenciar la llegada de la muerte. Toshiko no pudo ser operada debido al pus que emanaba de la herida de su pierna. En el último capítulo del libro se descubre que se convierte en monja, aunque a lo largo de su vida anterior no había tenido fe alguna.

Masakuzu Fujii también era doctor, pero al contrario que el Doctor Sasaki no pudo ayudar a nadie tras la explosión, sino que se refugió debajo de un puente. Era un doctor adinerado que varios días después de la catástrofe huyó a las afueras y, con el paso del tiempo, abrió su propia clínica. Con el paso de los años se ha sabido que viajó a Estados Unidos donde trataba a algunas de las hibakuhas y donde consiguió una gran cantidad de dinero.

Por último, Kiyoshi Tanimoto que, con mujer e hijo, ayuda a diestro y siniestro tras el bombardeo. Tanimoto se recorre Hiroshima ayudando a cada uno de los ciudadanos afectados. Parece que la situación está a punto de derrumbarle, ve muerte, desesperación, sangre, heridas…, pero lejos de huir se enfrenta a la realidad: “son seres humanos”, se convence durante un pasaje.

El libro tiene un total de 184 páginas divididas en cinco capítulos en los que transcurren 40 años: un resplandor silencioso, el fuego, los detalles están siendo investigados, matricaria y mijo salvaje y, publicado cuando Hersey vuelve a Hiroshima años más tarde, las secuelas del desastre. En el primero, “un resplandor silencioso”, atrapa al lector con cómo percibe cada personaje la explosión; en “el fuego” se muestra el caos organizativo y humano tras la caída de la bomba: huida y muerte; durante “los detalles están siendo investigados”, las fuerzas norteamericanas lanzan la segunda bomba atómica que cayó el día 9 de agosto sobre la ciudad de Nagasaki creando aún más confusión entre los ciudadanos de Hiroshima que comenzaban a colaborar con fuerza para ayudar a sus vecinos supervivientes; las enfermedades están cada vez más extendidas en “matriarca y mijo salvaje” producidas por las heridas y la radiación de la explosión, mientras los físicos llegan a la ciudad para evaluar lo sucedido, y, por último, “las secuelas del desastre” ofrece una perspectiva amplia de cómo continuó la vida de los seis protagonistas.

En el ámbito periodístico, John Hersey apuesta por un análisis neutro en una situación tan difícil como el histórico bombardeo de Hiroshima. Hersey aproxima la historia desde una perspectiva de rigor deontológico alejándose de la opinión o juicios de valor y siendo fiel incondicional a la tercera persona. De esta forma, deja al lector imaginarse la situación. Tom Wolfe, por ejemplo, es un autor que cultiva más el protagonismo en sus reportajes, pero Hersey se camufla a la perfección en la narración omnisciente. Además, hace que las fuentes (principal herramienta del periodismo) se conviertan en personajes al elaborar un texto a partir de la recreación de sus declaraciones. El diálogo no aparece como sí en el reportaje, sino que reproduce conversaciones puntuales, afirmaciones o reflexiones de los implicados en un momento determinado. El Nuevo Periodismo mezcla elementos periodísticos con literarios, pero Hersey no se vale de ninguna figura retórica para llamar la atención del lector. Si es cierto que, aunque no haga mucho uso de la metáfora, el simbolismo si está presente en su obra, aunque el estilo narrativo más utilizado es la mera descripción. El norteamericano describe secuencia por secuencia lo sucedido a partir de seis historias paralelas, pero en ningún momento valora lo sucedido e, incluso, pocas veces hace uso del adjetivo como tal, sino que compara y describe la realidad tal como es: “Sobre algunos cuerpos desnudos, las quemaduras habían trazado dibujos que parecían prendas de vestir”. Por último, Hersey consigue un hecho que el periodismo, por lo general, no lo suele alcanzar: la presentación, el nudo y el desenlace. El hecho de volver a Hiroshima para conocer cómo ha sido la vida de los seis supervivientes de la bomba atómica revaloriza la obra como un reportaje cerca de la de la literatura.

Elaborar un texto periodístico que plasme fielmente la realidad y con apenas elementos retóricos y literarios que apoyen la atracción de la obra es un hecho que requiere dificultad. John Hersey ofrece la óptica objetiva y neutral, pero desde una perspectiva de “foco a foco” que, desde mi punto de vista, es lo que más influye en el éxito de la obra. La conversión de la fuente al personaje y de la noticia al relato. Hacer de un hecho, una historia. Por comparar, otros autores como Lydia Cacho, en su libro los demonios del edén, cultivan un periodismo de investigación de calidad, pero no tan fresco, impactante y fluido como las letras de Hersey. O, por volver al siglo XX, Tom Wolfe prefiere más la metáfora y la literatura para maquillar su relato, o García Márquez cuyo relato se hace más lento. Pero, no obstante. Hiroshima sorprende por eso: una gran historia, sin arquitectura barroca. Y por su puesto: la tercera persona desde los ojos del protagonista, qué vio, qué sintió…