“PERIODISTICIDA”: DOGAN TILIÇ, EL FERTILIZANTE DEL PERIODISMO

Un gráfico puntiagudo dirige su mirada hacia la esquina derecha de un ordenador. Dos hombres impresos en blanco y negro interpretan a través de sus gafas de sol los resultados: “La gente se está empezando a hacer preguntas, sube el volumen”, replica uno de ellos, el de la izquierda, cuyo cuero cabelludo es más egoísta que el de su compañero, que ha perdido la batalla. El Roto se había colado en la entrega del VII Premio Internacional Libertad Prensa de la Universidad de Málaga.

La escena con la que el dibujante de El País había reflejado la situación de la manipulación en los medios de comunicación interrumpe por un momento el estruendo de la colmena. “Bzz, bzz” se oyó desde que las manecillas del reloj posaran su vuelo en el minuto trece de las doce horas. Ocho cámaras le daban sepultura a las imágenes, pero ninguna de ellas identificaba dónde estaba la miel: exactamente a 3.889,5 kilómetros. En la redacción del Cumhuriyet, Turquía.

Allí, a la colmena le falta su reina: Murat Sabuncu, arrestado por la policía turca que aprovechó el Estado de Emergencia para encerrar, junto él, a la libertad de expresión. En una habitación sin salidas. Sin luz. En la que cualquier destello periodístico es neutralizado por el agujero negro de la política, de casi una dictadura instaurada tras el “triunfo” de la democracia en aquel golpe de estado del 15 de julio; en la que las únicas columnas no opinan, separan, ni protegen: matan.

De negro. Como los de El Roto. De negro. También se viste de negro el Cumhuriyet cada vez que se llevan a unos de los suyos. “Ring, ring”, ya vienen… Pero el enjambre debió seguir produciendo. “Por vuestra ética he traído flores”, dice uno de los antiguos trabajadores del periódico. Y así deposita uno a uno los claveles en cada escritorio ya infértil, pero en el que alguna vez el aguijón tintaba, denunciaba… molestaba:periodistaba. Y por ello está Dogan Tiliç de luto ante su galardón. Negra: corbata negra, chaqueta negra y camisa negra. Él es una de las abejas que ha resistido por la libertad de prensa, al que se escuchaba zumbar durante los treintaidós minutos siguientes al inicio de la gala en los que su traductor ejercía de lo que era y él escuchaba con atención, y uno de los que ha logrado que los claveles de la redacción de Cumhuriyet no queden sin polinizar. Porque también lo advierte Mark Ryden a tan sólo un kilómetro de donde Dogan recibe su premio. En su particular cámara de las maravillas expuesta en el CAC. En su mundo irónico en el que los ojos grandes son el reflejo del alma y las abejas el origen de la humanidad. La vida, eso es: las obreras de la vida.

“Yo pondría más luz aquí”, reclama uno de los asistentes sentado en el primer asiento de la segunda fila del flanco derecho de la Sala de Conferencia del edificio del rectorado de la Universidad de Málaga. Y la luz siempre gana. A Dogan también le tocó subir el volumen, pero en un Excel distinto. El del periodismo, el de la ética y el de la democracia. Habló de sus amigos. Habló de sus compañeros. Habló por el periodismo. Y al final, sí se hizo la luz: habló “El Juez”. Baltasar Garzón, de blanco como cada uno de los claveles del Cumhuriyet, se convirtió en la reina del enjambre, pero de oficio. Eso sí, siempre será el juez, como le dijo Teodoro León Gross que se sumó a la fiesta con su jersey… rojo. Triunfó la luz. Triunfó la vida.