“NO QUIERO QUE MI PRESIDENTE TRABAJE PARA WALL STREET O LEHMAN BROTHERS”

Sam Robinson habla de lo bien que saben las croquetas, acaba de entender lo que es que un sitio esté “petado” y tiene frío. El chapoteo de los tenedores no para de salpicar su cerebro mientras el murmullo de los comensales dificulta su acento. Es de Vermont, cualquiera lo diría: acaba de pedir un nube. Sí, en masculino… es que un nube en Málaga no es más que un café… con poco café y mucha leche. A su izquierda: dos amigos. Otro norteamericano. Se llama Josh, es de Georgia, y un mexicano, de Puerto Vallarta: Antonio. Ambos también se han aclimatado: engullen una Victoria.

La ignorancia les inunda, no tienen ni idea de lo que se avecina en Estados Unidos en las próximas veinticuatro horas. “Pues ya que te vas a quedar despierto y no eres norteamericano, me quedaré yo también”. Sam aún es feliz, no cree que Donald Trump sea presidente de su país y confía en la estupidez de sus paisanos: “no creo que seamos tan estúpidos como para hacer que Trump sea presidente”. Él no ha podido votar. Lo hubiese hecho por Hillary, pero el Absentee Ballet no le llegó a tiempo. Habla del voto anticipado por correo.

Josh se puede considerar un muggle en EEUU: no es hijo de estadounidenses; su madre es salvadoreña y su padre ecuatoriano. Sus ojos son oscuros, su piel morena y su pelo rizado; al hablar parece estar dirigiendo su propia orquesta, no lleva batuta, pero sus manos son un apoyo más que suficiente. Sus piernas también se unen: acompañan como castañuelas. Su prima es republicana y votará a Trump, pero la quiere igual, bromea. “Mi madre trabaja para la seguridad social y me preocupa que se quede sin trabajo”. La derogación de la Ley Sanitaria conocida como la Obamacare favorecería la privatización, aún más si cabe, de la sanidad estadounidense. Además, no toda la familia de Josh vive legal en Estados Unidos: “si Donald ganase e hiciese lo que ha dicho les deportarían”.

Antonio no para de sonreír. Parece que la única frontera que le preocupa es la que enseña entre sus labios. Su piel también es morena y su acento le delata desde un primer momento. Las últimas vocales de cada palabra tienen la oportunidad de congelarse, pero se alargan y quedan en el ambiente hasta que comienza de nuevo. “Enrique Peña Nieto es un títere”, Antonio cree que al presidente de su país lo manejan a su antojo, que no tiene carácter, ni es competente. Para él, sería un peligro que Trump ganase porque “entonces sí que sería un títere”. ¿El muro? No va con él. Tiene un sentimiento patriótico bien arraigado y detesta a aquellos que cuando vuelven a México tras haber emigrado a Estados Unidos no hablen otra cosa que el americano: “les llamamos ‘pochos’ y cuando vuelven a México, aunque le hables español, te contestan en inglés”.

Donald Trump está protagonizando una de las campañas más agresivas en unas elecciones americanas. Ante las elecciones, una gran incertidumbre: “Estados Unidos vota y el mundo contiene el aliento”, titulaban los diarios más influyentes de España. Aquí, se ve al presidente de los Estados Unidos como el presidente del mundo, pero Sam no lo ve así: “no creo que ningún país sea mejor que otro, de hecho no me siento muy orgulloso de ser estadounidense”. Sin embargo, él ya ha estado estudiando en Venezuela antes de llegar a España, incluso su acento coquetea con el latino: “tienen un poco de envidia porque preferirían vivir en un país como Estados Unidos”.

A Sam se le complica la traducción y tiene que ayudarse de su ordenador. Un Mac que cuida como Trump su cabellera.

Bernie Sanders es el amor electoral de Sam, pero cayó en las primarias. Sam sí que puede considerarse un pura raza: es rubio, blanco y tiene los ojos a juego con su ideología demócrata, azules. Para él no tendría mucha consecuencia la victoria del republicano: “yo soy del norte, blanco y mi familia tiene un buen trabajo; estudio en una buena universidad y voy a tener un buen trabajo”. No confía en nada de lo que dice Donald Trump. Es el maestro de la escenografía y se esconde tras una máscara en función del escenario: “él dice lo que la gente quiere escuchar en el sitio determinado”. Sam rastrea en su ordenador y lo encuentra. Es un estadista que lleva sin fallar tres elecciones y esta vez asegura que Hillary se llevará el 79% de los votos: “Es una estadística, pero creo en la gente de EEUU, creo en las estadísticas y creo que no va a ganar Trump”.

¿Y sí ganase? Ellos confían en que no sea capaz de hacer todo lo que quiere. Por lo visto, allí sí funciona la división de poderes y se aferran al legislativo, judicial y ejecutivo. Ante la labor de Obama se sienten satisfechos y asumen que le van a echar de menos. El racismo está a años luz de erradicarse en el país norteamericano: un estudio de ‘The Guardian’ revela que el 32% de los negros fallecidos el año pasado estaban desarmados. De hecho, la semana pasada en Warren, pueblo de Sam, mataron a un afroamericano que descansaba en su coche: “él estaba leyendo un libro y pensaron que escondía tras él un arma.” La segunda enmienda de la Constitución estadounidense defiende el derecho a llevar armas y Trump está a favor.

“No puedo entender a la gente que le va a votar por todo lo que ha dicho en los mítines, Trump es un tipo que inspira agresividad y eso no es lo que necesitamos”, Josh está cabizbajo y muestra una media sonrisa. Una sonrisa quebrada como la de Induráin escalando el Tourmalet. Rostro que a Donald Trump no se le ha torcido mientras ascendía hacia la presidencia. Es algo que mucha gente se pregunta y algo que muchas otras veces no tiene respuesta. Los medios de comunicación a menudo han sido cómplices y las grandes empresas le han apoyado: “yo no quiero que el presidente de EEUU trabaje para Wall Streets o Lehman Brothers, deben trabajar para la gente de Estados Unidos”.

Del café de Sam ya no queda más que una pequeña mancha al final del vaso. La lata deVictoria de Josh está completamente arrugada entre sus manos, aunque podría utilizar sólo una de ellas. Antonio sigue sonriendo. “Va a perder y cuando lo haga dirá que todo ha sido una broma y que sólo quería mostrarnos la facilidad con la que se convencen a las masas, pero dirá que nunca quiso ser presidente”: Sam sigue feliz.

Pero ganó Trump.

Veinticuatro horas después de que se supiese el resultado ya no hay sonrisas. La nariz de Sam representa el mapa electoral: sigue el frío. Los silencios se suscriben al compáslarghissimo. Nada que ver con el allegro del cajón y la guitarra que afinan a nuestro lado. Antonio también ha venido con su instrumento: un trombón, en una hora tiene ensayo; esta vez tampoco ha olvidado la bufanda. Sam no se lo termina de creer, apenas ha dormido esta noche y su querido partido demócrata ha caído en las urnas. Josh se enteró por la mañana: “hijo, hemos perdido”.

Ya es oficial: la prima de Josh sí votó por Trump. Ella y más de sesenta millones de norteamericanos. “Esa gente tampoco sabe lo que realmente va a pasar”. Hillary ha conseguido más número de votos, pero el sistema electoral se rige por condados en los que existe un número reducido de votos electorales, que es como se llaman; quien obtenga más de esos gana: hubo 538 en juego. “Me da rabia el sistema electoral”, Sam no acepta el golpe. “No se lo cree ni él”, y él sigue sin creer a Donald ante su cambio de actitud en su primer discurso como presidente electo: “nunca para de mentir”. Los tres coinciden en que el magnate americano no quiere realmente llegar a la presidencia: “sólo quiere decir: lo hice”.

La frontera de Antonio ya no está al descubierto y la mexicana ahora le preocupa más: “seguro que se hará, pero no creo que en cuatro años esté lista”. Las encuestas tampoco acertaron el voto de los latinos que ascendió hasta el treinta por ciento. El nivel de estudios también importó, los norteamericanos con estudios universitarios optaron por Hillary. Igual que los jóvenes. “La gente que ha votado a Trump son unos ignorantes”, Antonio vuelve a mostrar su sonrisa.

Hoy, más que ayer, les toca creer en el contrapoder: “espero que no ponga a gente joven en la corte suprema porque, si lo hace, vamos a tener personas como él durante mucho tiempo”. Sam sigue sin tener miedo por Trump, aunque sí por las demás personas: “él no quiere hacer daño a gente como yo”. Ahora Estados Unidos ha quedado totalmente dividida con dos candidatos tan antagónicos. En las mismas elecciones ya hubo altercados: un muerto en un tiroteo en California. ¿Es la elección de Trump el reflejo de la sociedad americana? “no es coincidencia de que los votantes de Trump sean los más violentos…”, concluye Sam.

Sam y Josh han vuelto a beber cerveza, pero ya no es Victoria: San Miguel. Antonio mantiene sus manos en los bolsillos. La vida para ellos aún no ha cambiado y tampoco se atreven a dar un pronóstico de futuro, pero “nada será igual”. Se alejan hacia la noche malagueña pensando si lo que han vivido es pesadilla o realidad. Sam sigue teniendo frío. Sam es un poquito menos feliz.